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BIBLIA Y PSICOANALISIS - PARTE III

Continuamos con la parte III de esta reflexión : BIBLIA Y PSICOANÁLISIS 

III ¡Cuidado con la gloria de virtudes propias!

Vemos así que el que se gloría no está en la verdad.

El hombre bíblico tiene este principio absoluto, una norma simplísima e inapreciable para formarse criterio, ya se trate de individuos o de instituciones: todo lo que se elogia a sí mismo muestra por ese solo hecho que se engaña (Gal. VI, 3) o que nos engaña (Luc. XVIII, 19: Juan II, 24).

Todo lo humano está siempre muy por debajo de lo que debiera ser, por lo cual, la actitud lógica delante de Dios es siempre la contrición (Luc. XIII, 1 ss.: XVIII, 9-14), tanto individual cuanto colectiva (Lam. III, 42), la cual no obsta, por cierto, a la más filial confianza, por lo mismo que no se funda en derecho propio, sino en la dignación del divino Padre (Salmo XCIII, 18), para quien debe ser toda la gloria (Salmo CXIII b, 1; CXLVIII, 13).

Gloria en Cristo tendremos cuanta queramos, recibiéndola de su plenitud (Juan I, 16).

Pero ¡cuidado con la gloria de virtudes propias!

Pues en cuanto pretendemos que vamos a ser buenos y se lo prometemos como Pedro, le negamos como él, al poco rato (Juan XIII, 38).

Resignarse a saberse malo, para poder ser bueno: paradoja inmensa, básica, que es la llave de todo el Evangelio, y sin la cual no entenderemos nada.

Lo que nos impide vivir así delante del Omnipotente como el niño delante de su madre, es la falsa espiritualidad sin Evangelio, es el móvil egoísta que no raras veces se disfraza de piedad (II Tim. III, 5), queriendo evitar el infierno y ganar el cielo a toda costa, como si la salvación fuese exclusivamente obra nuestra y no la obra del amor del Padre y del Hijo, y como si el premio de las buenas obras no se diese por el amor con que están hechas (I Cor. XIII, 1 ss.).

Cuando no busquemos nuestro negocio, sino que estudiemos a Cristo para conocerlo, admirarlo, y amarlo, entonces Él nos hará llenarnos de obras, de esas que no se quemarán cuando El venga (I Cor. III, 14).

El que de veras quiere ser bueno según la enseñanza de Jesús, ha de renunciar al mérito y a la satisfacción de serlo, y reconocerse siervo inútil (Luc. XVII, 10), porque nadie es bueno, sino sólo Dios (Mat. XIX, 17).

Por eso Santa Teresa de Lisieux quería dilapidar cada día toda ganancia espiritual para estar siempre vacía, como un mendigo delante de Aquel que se complace en llevarnos gratis (Salmo LXXX, 11) y que como enseña María, hace grandeza en lo que somos nada (Luc. I, 48 s.).

Pero ¿cómo podremos creer esto si no nos familiarizamos con el Evangelio?

Son cosas demasiado contrarias al criterio humano y comercial del mundo para que podamos descubrirlas en nosotros mismos.

El que sólo piensa en los numerosos preceptos de la Ley de Moisés (Ex. XX, 1-7) no puede entender el mensaje nuevo de Jesús, pues toda la doctrina de S. Pablo enseña terminantemente que en Cristo ya no estamos bajo esa Ley (Rom. VI, 14) y que es insensato querer volver a tal Ley como lo fueron todos los que pretendieron salvarse por ella, pues ella no es capaz de salvar a nadie (Gal. III, 11).

Y no sólo caeríamos entonces en las faltas que pretendemos evitar, sino que, al pretender cultivar virtudes por propia cuenta, cultivaríamos el fariseísmo, mucho más odioso a Cristo que todos los pecados.

La educación farisaica es la doctrina de la suficiencia humana, que olvida la necesidad de la gracia; no sólo es funesta para el soberbio que se cree bueno, sino también para el tímido y aún para todo humilde que se sabe malo, pues éste sentirá que para arrepentirse tiene que mover una montaña, y no comprenderá que si al enemigo que huye se le da puente de plata, al enemigo que vuelve se le da puente de oro.

Si un padre ve que su hijo ausente empieza a pensar en volver, ¿querrá acaso presentarle la empresa como difícil o, al contrario, temblará de miedo de que se desanime y no regrese al hogar?

 ¿No es esto último lo que enseña Dios al mostrarse como el Padre que se anticipa al encuentro del hijo pródigo? (Luc. XV, 20).

 

Mons. Dr. Juan Straubinger (extraído del libro Espiritualidad Bíblica del mismo autor)

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