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Consideraciones sobre la educación de los niños en la fe [2]

y en el que recibe todas las influencias de su ambiente familiar, principalmente en los primeros años, antes de la edad de la razón.

Además del amor y los cuidados de sus padres, recibe el testimonio de vida de ellos, de manera que  el hijo va percibiendo en la vida cotidiana muchos mensajes: por ejemplo que hace a sus padres felices, ante qué acontecimientos ve a sus padres alegres, como se enfrentan las diversas situaciones como la enfermedad, el fallecimiento de alguien, las dificultades, el trabajo, la amistad, el valor de los distintos miembros de la familia, así también van descubriendo a través de sus padres que es lo importante en la vida, y  el lugar que ocupa Dios en su familia, si los padres lo hacen presente y  lo dan a conocer.  

Todo lo van observando y asimilando por la palabra y el ejemplo de los padres. Así se asoma a la vida a través de ellos.  En los primeros años de la vida el niño es dócil y todo va siendo impreso en él.

Por ello la educación en la fe es tan oportuna cultivarla desde pequeños. San Juan Crisóstomo que fue educado en la piedad desde muy temprana edad por su madre, escribe:

 “Cría un atleta para Cristo y, permaneciendo en el mundo, enséñale a ser piadoso desde la primera infancia (n. 19). Si en un alma todavía tierna se imprimen las buenas enseñanzas, nadie podrá borrarlas cuando se queden duras como marcas, igual que pasa con la cera.” (n.20)[2]

El hijo va percibiendo que Dios forma parte de su familia, porque sus padres no solo le hablan de Dios, sino que también dan testimonio de su relación personal con Dios, como hijos que aman a su Padre.

La fe que los niños ya poseen como virtud infusa por el bautismo, se ve encendida y alimentada por el testimonio de sus padres. Los niños contemplan a sus padres vincularse personalmente con Dios y este testimonio tiene una fuerza increíble en el corazón de los hijos, porque los “contagia” y atrae, y suscita en ellos el deseo de vincularse con Dios. La espiritualidad de los padres es lo que alimenta la fe de los niños. Dios les concede la gracia, los dones y carismas para ejercer su paternidad y educar a los hijos en la fe, y así los padres ofrecen a los hijos lo que ellos a su vez reciben de Dios.

Por lo tanto, el origen de esta gracia no está en los padres sino en Dios.

Benedicto XVI nos recuerda: “Los padres deben dar mucho, pero para poder dar necesitan a su vez recibir, si no se vacían, se secan. Los padres no son la fuente, como tampoco nosotros los sacerdotes somos la fuente: somos más bien como canales, a través de los cuales debe pasar la savia vital del amor de Dios. Si nos separamos de la fuente, seremos los primeros en resentirnos negativamente y no seremos ya capaces de educar a otros.”[3]

 

 

[1] Palet, Mercedes; La Familia educadora del ser humano, Edit. Temas Perennes, p. 73

[2] Crisóstomo, Juan; Sobre la Vanagloria la educación de los hijos y el matrimonio, Biblioteca de Patrística, Editorial Ciudad Nueva, Madrid (España)1997

[3] S.S. Benedicto XVI; Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor, 8 de enero 2011. Fuente www.zenit.org

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