Blog

Artículos Recomendados

Dos reglas fundamentales de discernimiento Ignacianas

1)  La regla del ‘tanto cuanto’  

Con respecto a la primer regla San Ignacio expresa:

el hombre tanto ha de usar de ellas (es decir de las creaturas), cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden’

 

En otras palabras, todas las creaturas sirven ‘tanto y cuanto’ me conduzcan a Dios.

 

Esto significa no querer ni desear ningún bien temporal, por más bello y bueno y verdadero que sea, si aquello nos pierde del último fin. De esta forma la riqueza, la salud, la sabiduría, el matrimonio, la vida religiosa, el sacerdocio son cosas buenas y queridas por Dios ‘tanto y cuanto’ me ayuden a unirme a Él.  En efecto, también las cosas más perfectas de este mundo pueden desordenarse si están separadas de Dios.

 

 Por ejemplo, si alguien ama a su hijo como fin último más que a Dios, su amor es desordenado. Ciertamente suele suceder que el amor de un hijo separado del amor de Dios nos hace discernir equívocamente sobre sus propias necesidades, y de esta manera erramos en la búsqueda de su bien. Por otro lado, el considerar a un hijo como fin absoluto de nuestra vida, nos podría llevar a justificar acciones como la inseminación artificial, por ejemplo, totalmente contraria a la Caridad de Dios.

 

San Ignacio, nos previene así, sobre este desorden muy común en muchos buenos católicos: idolatrar los bienes que Dios nos da, aún los más excelsos y perfectos, como un hijo o una vocación. El amor de estos bienes debe ir siempre subordinado al amor de Dios.

De esta forma la caridad de Dios, cuyo sujeto es la voluntad, informa, eleva y ordena de manera sobrenatural el amor de las cosas terrenas al amor de Dios, fin último de la voluntad. El perfecto ejercicio y salud de la voluntad consiste en este orden del amor y del corazón.       

 

2)  La regla de la ´santa indiferencia´.

 Prosigue San Ignacio aclarando en que consiste la segunda regla, a saber:

 ‘Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más: salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin para el que somos creados.

 

Aquí suele deslizarse un error muy sutil, y es pensar que haciendo y eligiendo cosas buenas por nosotros mismos, y poniendo en ellas todo nuestro esfuerzo y empeño, Dios necesariamente debe quererlas y aprobarlas. Es decir, nosotros, con nuestras elecciones, determinamos que es lo que quiere Dios. En definitiva, es el amor propio, que es una especie de soberbia, tanto como el excesivo apego a los bienes de este mundo, lo que nos hace tergiversar la voluntad de Dios.

 

San Ignacio dirá exactamente lo contrario: no debemos aferrarnos a ningún bien, por más excelente que sea, ni debemos querer o desear alguna cosa por nosotros mismos más que otra; por el contrario, el perfecto orden de la voluntad consiste en practicar la santa indiferencia con respecto a todos los bienes que Dios nos da, como si en cualquier momento Dios pudiera determinar quitárnoslo todo y dejarnos sin nada.

 

Por ejemplo, uno puede trabajar toda su vida realizando obras de caridad muy sacrificadas, cuidando leprosos, curando enfermos, etc., pero en su corazón tiene un apego desordenado a su trabajo, de manera que, si Dios le quitará aquello que posee, dicha persona sufriría una gran tristeza y depresión. Aquí se aplica lo que dice el Santo: la santa indiferencia significa no apegarnos a ningún bien, vivir como si no lo tuviéramos, no desear tener o poseer alguna cosa más que otra. En tal caso, el hombre verdaderamente indiferente, no pierde su alegría y paz interior, porque ha logrado desapegarse absolutamente de todos los bienes creados, amando cada día lo que Dios, en su providencia, quiera regalarle, sabiendo que por sí mismo nada puede y que todo bien que posee de Dios le viene.

 

En esto consiste la perfecta sabiduría de los santos y el perfecto orden de la voluntad y la razón.  

 

Mariana Laura Vogliazzo

Licenciada en Psicología - UCA- Universidad Católica Argentina 

Licenciada en Filosofía - Universidad de Morón - Argentina

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Contador

Flag Counter

Quien está en línea?

Hay 19 invitados y ningún miembro en línea

Newsletter

* No venderemos su ID de correo electrónico