Terapia Personalizada

Psicología católica

Concepto

La psicología católica hunde sus raíces en la tradición perenne de la Iglesia, en la herencia de los santos padres, de la patrística y de la escolástica, quienes delinearon con sabrosa ciencia divina inspirada los fundamentos de nuestra salud emocional y espiritual. La psicología o ciencia del alma, constituye entonces, un todo inescindible junto a la teología moral, la metafísica y la antropología teológica, iluminada también por las Sagradas Escrituras.  Al igual entonces que el resto de las ciencias sagradas su fin último es la salvación y santidad del hombre, el desarrollo pleno de su humanidad conforme al mandato evangélico de ser perfectos a imagen del Padre celestial.

Realismo metafísico y salud mental

Como principio máximo, la Psicología católica considera que el vivir conforme a la verdad objetiva, es principio de salud. La neurosis o dolencias psíquicas-emocionales tienen su causa en una actitud inmanentista y subjetivista del sujeto, que generalmente suele ser inadvertida o inconsciente,  y que  impide a la persona conectar su corazón - que es la unión de intelectus y voluntas sub natura- con la veritas rerum.  

Definición de Enfermedad mental o psíquica

Basándonos en este principio, la Psicología católica considera toda enfermedad psíquica, o toda neurosis, como un sistema complejo de pensamientos falsos que forman una estructura interpretativa de la realidad, de manera que el enfermo mental nunca tiene una mirada real y objetiva de los hechos, en tanto que estos pasan por el tamiz subjetivo de su sistema de pensamientos, los cuales, obviamente, son erigidos en base a sus pasiones desordenadas y o vicios.

 

Método terapéutico  

Según la tradición monástica y patrística, el discernimiento de espíritus o de pensamientos intrusos, es el método terapéutico por excelencia para desenmascarar la estructura psíquica viciosa que azota al enfermo mental. El psicólogo debe tener un conocimiento cabal y exacto de los pensamientos conscientes de la persona, los cuales, son la puerta de acceso para arribar a los pensamientos más profundos o inadvertidos, -que son generalmente los que más daños causan-. El terapeuta, ayudará al paciente a crear el hábito de prestar atención a los pensamientos insurgentes en su mente, o sea, el examen y el análisis de lo que San Ignacio llama mociones del alma, para discernir cuales de esos pensamientos son malos, intrusos, mentirosos, obsesivos, escrupulosos, culpógenos, pasionales, alejando al paciente del terreno firme de la verdad objetiva. 

Triada memoria imaginación y pasiones.

Según los Santos Padres, la imaginación y la memoria se constituyen, en el hombre caído, en las dos potencias fundamentales, a través de las cuales entran en el alma del hombre las tentaciones y sugestiones del maligno, las cuales se encuentran directamente relacionadas con el desarrollo de innumerables pasiones desordenadas causantes de todo tipo de dolencias emocionales y trastornos, conformando estas últimas el sustrato de toda enfermedad psíquico-espiritual.

Cura terapéutica

Consiste en el combate contra los malos pensamientos o pensamientos intrusos. En este sentido los Santos Padres afirman que: las manifestaciones externas de las pasiones en unos actos malos tienen su principio en las manifestaciones internas de esas mismas pasiones bajo la forma de movimientos internos, imaginaciones o pensamientos[1]. La terapéutica, implica, sobre todo, un cambio de las disposiciones interiores, una conversio cordis, donde el paciente, a través de una verdadera introspección guiada por un guía experto, va advirtiendo los pensamientos desordenados que le acechan para luego rectificarlos, combatirlos y vencerlos a la luz del Bien y de la Verdad Objetiva.

VIGILANCIA Y ATENCIÓN

En términos terapéuticos, la atención y la vigilancia implican una tarea de introspección constante y de atención sostenida sobre los propios movimientos interiores de manera de reconocerlos en su origen y evitar que tomen posesión del alma. Son, podríamos decir, los guardianes de nuestra salud, que nos advierten de las acechanzas del enemigo antes que puedan desbaratar nuestra paz interior. Sin estos custodios del corazón  -como también ellas son llamados a menudo-  sería imposible vencer las tentaciones, librarse del pecado y  evitar caer en la enfermedad

VELAD Y ORAD PARA NO CAER EN LA TENTACIÓN

Para la tradición monástica la oración, junto a los sacramentos, nos une con Cristo proporcionándonos un escudo inexpugnable contra los enemigos, y al mismo tiempo, un poder sobrenatural para destruir los pensamientos extraños y malvados. Filoteo el Sinaíta lo expresa maravillosamente: El recuerdo…de Jesús…disipa de forma natural todos los sortilegios de los pensamientos, las reflexiones, los razonamientos, las imaginaciones, las formas tenebrosas, en una palabra, todo aquello mediante lo que el malhechor se prepara para luchar contra las almas y se enfrenta a ellas….si lo invocamos a Jesús consume todo fácilmente[2].

Los pensamientos que debemos desenmascarar, y que a menudo nos hacen la guerra, según el momento espiritual en el cual nos encontremos, presentan en general las siguientes características:

  • son pensamientos intrusivos, es decir, nos vienen de afuera de nuestra voluntad
  • son espontáneos y no voluntaria y libremente pensados, apoyándose en los puntos débiles de nuestra personalidad.
  • son pensamientos obsesivos que nos atormentan y nos hostigan
  • son pensamientos mentirosos que buscan secundar nuestras pasiones, seduciéndonos con falsas razones para dar satisfacción a nuestras tendencias desordenadas en contra del bien de la razón.
  • son pensamientos escrupulosos, que nos juzgan culpabilizándonos por nuestros actos arguyendo una falsa compasión por los demás, o viendo pecado donde no lo hay.
  • Otras veces en cambio estos pensamientos se presentan como llenos de luz, consoladores, presentando una máscara de falsa caridad, pero el mismo termina arrastrándonos a un estado de ansiedad, angustia o desolación, o a una decisión dañina para nosotros o nuestra familia.

 

[1] Jean Claude Larchet, Terapéutica de las enfermedades mentales, p. 449

[2] Ver Larchet p. 471 cita a Filoteo el Sinaíta, Cuarenta capítulos népticos, 47

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